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El Giocondo de Baena
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Nací hace 2.500 años en el cerro de los Molinillos, próximo al gran río del sur de lo que ahora, desde hace apenas 170 años, llamáis provincia de Córdoba y municipio de Baena. El lugar está muy cerca de los meandros del río que los árabes nombraron Guadajoz por su turbidez de limas, que al depositarse dan forma a la mejor tierra de huerta del mundo junto con la del delta del Nilo. Los mismos que llamaron Guadajoz al río, se quedaron en un poblamiento que dio nombre a Albendín.

 Mi padre, seguramente, nació en Torreparedones y allí aprendió el noble oficio de la talla en piedra, comenzando desde joven a esculpir exvotos a demanda de los fieles que acudían al Santuario a implorar el favor de los dioses.

Mi madre, de impresionante figura y belleza, de estirpe noble, conserva la prestancia y el atractivo de lo imperecedero. Alguien la trasladó a Madrid, al Museo Arqueológico Nacional. Aunque está bien tratada, me transmite el deseo de volver a su tierra.

Por lo que a mí respecta, viví en mi lugar de nacimiento más de 2.400 años, en mi entorno natural. Tras una corta estancia en la costa mediterránea, pasé una breve temporada en Madrid, donde me reafirmé en mi concepto de la condición de los humanos. Nunca vi tanta gente enfadada y con tanta prisa.

Al fin, he podido volver a Baena a contemplar cómo pasa el tiempo desde mi pedestal, eso sí, sin perder mi incipiente sonrisa. Tengo los ojos redondos, casi humanos, porque el círculo es la línea infinita y sin embargo tiene límite y fin, al contrario que la línea recta, que produce desasosiego e inquietud porque no acaba. Mi nariz es larga y se ensancha en las fosas para poder oler los matices porque para conocer, todos los sentidos tienen que estar activados. Mi boca es amplia, ancha, rasgada, y junto con mis ojos y cráneo me da una expresión enigmática y, sobre todo, irónica; que es real y cierta porque en el fondo mi sentido del humor se acrecienta con los siglos. Después de 2.500 años, el humano ha ganado en vanidad y vacuas aspiraciones, abandonando el espíritu y la cultura, queriendo exponer la sinrazón como argumento de su razón. Ha dado pasos atrás creyendo que avanzaba en la búsqueda de la felicidad.

Desde mi pedestal sonrío sin reír y me gozo en la inquietud de los humanos cuando aspiran a la estética, como puede comprobarse en mi nueva residencia, y no altero el gesto cuando contrasto que la estupidez abunda y se extiende, sin que el llamado progreso cambie la tendencia.

No hace muchos años, poco más de 500, un italiano llamado Leonardo da Vinci, más cerca de la divinidad que de la humanidad, me conoció en un viaje imaginario de su fantasía, y reprodujo mi estado de ánimo y mi sugerente ironía en la enigmática y misteriosa sonrisa de una dama que ha sido admirada por millones de humanos, que no saben que yo, el león de Baena, soy su padre espiritual.